martes, 26 de junio de 2012

JUSTIFICACIÓN


UN FONSECA EN LA COCINA.
 Inicio este intento de libro al comprobar, ante un destartalado espejo del pasillo, que soy un Fonseca y llevo puesto un delantal anaranjado. Mejor; más que puesto lo tengo colgado del cuello pues a  Carmen – la mujer que me cuida y que sospecho es la dueña del delantal – le llevo al menos  cuarenta cm, y no sé bien cuantas tallas. Así que si me lo atara, la guita me apretaría los pezoncillos y no estaría cómodo. Deduzco pues que he salido de la cocina y entiendo que acabo de guisar un algo que ahora no acierto a describir; y que me he colocado, o me han puesto, el susodicho delantal. Malamente, pero puesto está. Parece un babero, pero no: es un delantal.
Lo extraño del caso no es el delantal anaranjado; lo extraño es que lo lleve un Fonseca y menos para guisar. Podría llevarlo para esculpir una obra maestra, o si no llega a tanto atreverse con un escudo nobiliario de las cinco estrellas… pero ¡para guisar! Yo, particularmente, jamás he guisado nada. Ni un huevo frito, ni una sopita de escarola, ni un pescadito a la plancha, ni siquiera una natillas de sobre. Y no yo, no. Jamás un Fonseca ha guisado nada, que se sepa…, aunque si la criatura, el Fonseca antepasado de marras, se vio solo en el mundo mundial, tan solo como me he visto yo, pues eso, que acabaría haciéndose un puré de calabacino, un sofrito para un apaño,  un gazpacho más o menos trabado o unas papas fritas. Pero también aseguro desde aquí y ahora que si lo ha hecho, el gazpacho o el puré o el sofrito quiero decir, la familia y su descendencia ha guardado celosamente el secreto no ya del condumio y su receta, sino del hecho casual, puntual y no adscrito a la nobleza y raigambre fonsequil.
La segunda razón del intento de librejo que comienzo hoy es el hallazgo en uno de los cajones del bargueño del despacho de una colección de papelitos, guardados en una especie de legajo, que contienen recetas de cocina. De la abuela Luisa Fonseca entiendo que son. ¡Ah!, la abuela Luisa Fonseca, admirable y cuidadosa matrona de la primera mitad del siglo pasado que además de guardar escrupulosamente en cajas de cerillas usadas simientes mil, especias de todo tipo, lápices minúsculos a los que le sacarían la punta miles de veces, hilos, agujas, botones, sellos, cordoncitos, alfileres de cabeza negra, guitas de muchos largos y grosores, trozos de tela, encajes de bolillo y …ya digo: además de guardar con esmero y orden todo eso pues guisaba maravillosamente. Yo recuerdo los olores de la Casa Grande con intensidad parecida a campana del pueblo, y los tres toque para ir a misa, y los trillos en las eras, y los perros pegados por las calles, y la venida de los vencejos y los cantaros de agua enfilados delante de la fuente. Yo puedo glosar la vida asociando el olor a roscos de anís recién fritos con el condumio de los segadores o el calostro de las cabras. Así pues leyendo las treinta y tantas recetas de Luisa Fonseca revivo un mundo que nada tiene que ver con las bolsas de comida del Carrefour o el Mercadona. Mi vida va de la botella de tomate frito y corcho sellado con cera, a la lata de apertura fácil y sabor escaso de los tomates de hoy. Deambulo entre el melón colgado de una viga y el partido en dos y metido en un celofán; entre la morcilla con piñones puesta a secar en el desván para que el pueblo supiera de ser aquella casa de cristianos viejos, y las coles de Bruselas y los cogollos de lechuga de nuestros días puestos en la nevera para que el pueblo sepa que te cuidas y no te sube el colesterol.   
Para no alargar la cosa: que voy a intentar describir mis recuerdos de cada olor en el contexto en que lo percibí, ahora o hace una eternidad, y dar y difundir las recetas de la Fonseca, pues las hembras de la familia sí que estaban legitimadas para hacer exquisiteces y ofrecérselas a su marido, hijos y criados con el amor de la buena madre de familia. Y digo buena madre de familia con el regusto de honrar a Luisa Fonseca y dejar patente el termino, pues en Derecho si se habla del buen padre de familia, pero de la madre no. Y es injusto, y no pega y además es inconstitucional. ¡Ea!, pues ya está bien y a ver que sale. Mañana empezaré con el escabeche de boquerones.

Un parrafito más de la "justificación" puesto aquí un par de meses despues de iniciar el presente librejo de cocina. Las recetas de Luisa Fonseca han quedado apartadas pues la practica ha demostrado que lo guai de este blog es el sentimiento, no la receta. Lo importante no es el condumio sino la circunstancia en que se produjo, y sobre todo el haber dado en el clavo: ¡hay tanto separado, tanto viudo, tanto divorciado, tanto solterón cansado del restaurante de menus, de la comida turca, o arabe, o china o lo que sea con tal de que te lo den en un taper, que eso: que el blog tiene existo y te mandan recetas de medio mundo. El secreto es ese: guisarse uno (cosas facilitas) y cachondearse de la soledad. Venga, vamos pa lante. 
  

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