lunes, 16 de julio de 2012

La sopa de escarola


La sopa de escarola es la receta apropiada para cuando llegas a casa en una noche de invierno – preferentemente solo - y el frigorífico tiene, si acaso, la luz.  Más plano que el culo de un payaso, y en los rincones… telarañas. Y eso ocurre cuando lo del súper se retrasa por otras tareas o por falta de pelas y vas agotando existencias hasta…¡la sopa de escarola!

-          Escarola…¿Está usted sola?

-          Ajo, por la escalera de abajo.

Este es el quid de la cuestión y de la sopa de escarola. Así decía el dicho y con razón; dos cosas, dos ingredientes quiero decir, tienen la palabra: primero la pregunta: escarola ¿está usted sola?; Es decir, que si tienes a mano algo más que escarola no hagas esta sopa; tómate una lonchita de jamón, elabora una tortilla francesa, trocea unos taquitos de queso, unos restos de la comida de al medio día, unos espárragos con bayonesa, una latita de atún o incluso un hoyo de pan y aceite con un poquito de azúcar. Así que de entrada, y sine qua non,  para hacer esta receta, y que resulte,  es que la escarola esté sola.

La segunda premisa  es el ajo. Porque el ajo, que ha hecho la pregunta obtiene la respuesta adecuada… Ajo, por la escalera de abajo. ¿Qué quiere decir la emocionada contestación de la escarola?, pues está claro como el agua: Que venga, que entre, que le da paso hasta las entrañas, que su textura y la del ajo se acoplaran gustosos en el condumio, y que además, dice la escarola: entre por la escalera de abajo; lo que es tanto como indicar que nadie lo vea, que nadie lo perciba, que se llegue a ella con sigilo, con silencio, con delicadeza. Y así ambos se entregarán en el hogar calentito del puchero puesto a fuego lento para que el condumio se consume. Todo un romance, toda una historia de amor, toda una sensación inconfundible de paz y de entrega cuando metes la cuchara en el cuenco y humea y aprietas las manos contra el tazón intentando amarrarte a tu soledad.


Ingredientes

-          Una bolsa de escarola, que ya viene limpia y troceada en el Súper.
-          Unos dientes de ajo.
-          Aceite de oliva, preferentemente picual, por supuesto virgen extra.
-          Vinagre de Jerez.
-          Sal
-          Cúrcuma
-          Pimienta.
-          Tazón de porcelana de Pikman.
-          Servilleta de hilo con encaje de bolillos.
-          Cuchara de plata.
-          Soledad.


Modus faciendi.


Se filetean los ajos para dejarlos dorados y preciosos en la sartén con un chorreoncito de aceite. Este es uno de los secretos de la receta, pues si los ajos se queman la escarola los rechaza y se pone negra y la cosa no va. Tampoco pueden quedarse crudos, pues en tal caso no entran bien en la hoja y no se consigue la unidad que la receta precisa.

Fileteados y dorados los ajos se le da un hervor a la escarola de unos cinco minutos procurando que el agua cubra por completo la verdura y cuidando el fuego para que los trozos dancen en ella suavemente, sin estridencias, sin sobresaltos. Cuando la escarola está a punto y calentita se añaden los ajos y se menea el sistema delicadamente.  No agitar en demasía, que el ajo debe quedar entero y poderoso.

Añádase finalmente un poquito de cúrcuma y pimienta, la sal y unas gotas de vinagre de Jerez.

Preséntese la sopa de escarola en sopera de porcelana Pikman y tómese en tazón con decoración azul  y con cuchara de plata. Límpiese los labios y el bigote con servilleta de hilo con encajes de bolillos.

Al final, y usando el trozo de  servilleta no utilizada, puede uno secarse las lágrimas.

Buen provecho.

domingo, 15 de julio de 2012

Picatostes de miel y soledad.


Picatostes con miel y soledad.



Los hago cada día; bueno cada día no, más bien de vez en cuando porque engordan. Una pena que engorden los picatostes con miel, pues realmente son un quitapenas. Y fáciles de hacer; aunque tienen su truco, su intríngulis, su arcano y un modus faciendi rozando al arte. Casi me da algo contaros la receta porque esta es mía; ni de mi abuela ni de mi tía, ni de la vieja del pueblo ni de nadie más. La receta de los picatostes con miel es mía y de mi soledad. Quiere se decir, amigo lector, que si no estás solo, si te aguarda alguien en la cama haciéndose el remolón o la remolona para que le lleves el desayuno, y agradecerte el detalle de otra forma, pues no; va a ser que no. Los picatostes con miel no sirven para eso.

Y no sirven porque son algo pringosos, manchan, se queda la sabana dulzona, se te pega la miel al codo, o al pescuezo o a la oreja, y cuando entras en faena y te tropiezas con la miel o con el aroma a aceite de oliva virgen extra, o con alguna miajita de pan tostado y reluciente en la carótida o en el pezón de tu pareja, pues eso: que te desconciertas y pierdes el rumbo, y se jode el invento. Los picatostes con miel se comen preferentemente en la cocina, recién hechos, calentitos, presentados sobre un plato blanco impoluto que resalte la fritura cuidadosa del centro y el tostado intenso de los bordes. Que apenas se vea el chorreoncito de miel de abeja mezclado ya con las gotitas de aceite que no escurrieron en la sartén. Los picatostes ya hechos los coges con la mano izquierda – con la derecha la taza del café – y les pasas la punta de la lengua por el borde arisco de la corteza del pan ( no usar jamás pan de molde sin corteza ) intentado, ahora sí, encontrar la gotita duce, el sentimiento amigo, al mano tibia de la  miel. Luego te adentras un poco, abres los labios lentamente, muerdes con delicadeza un trozo medianejo, cierras los ojos y le añades al cuasi orgasmo incipiente que te produce el condumio, un sorbito de café. ¡Ah!, el café con leche: la simbiosis perfecta, la adulación encarnada, la pleitesía hecha líquido, fluido, vida toda derramada sobre el trozo de picatoste que aún tienes en la boca.

Y no pasa nada si te manchas, si te ensucias, si te quedas con el aceite o la miel o el pan en la barba…; no pasa nada, os lo juro. Nadie te riñe, ni se enoja, ni se levanta soliviantado o soliviantada, camino de una toalla mojadita por la esquina para limpiar y frotar la almohada. Claro, como estás solo, como no te gruñas a tí mismo...

Ingredientes:


-          Pan que no esté demasiado tierno  - de un par de días está bien -; preferentemente de hogaza, y que no sea de esos esponjosos y con agujeros y que no pesan. No, no; pan pan del verdad, del de antes.

-          Aceite de oliva virgen extra; preferentemente variedad picual que tenga cuerpo, amargue un poquito y pique también algo. El aceite debe ser nuevo. No vale freír unos boquerones y luego intentar hacer mis picatostes. A quien haga eso lo despacho para siempre de mis secretos de cocina.

      -    Miel, preferentemente de la Alpujarra de Granada. La miel de la Alpujarra conserva     la          nostalgia de Boabdil en su destierro, y se nota en las soledades


-          Una sartén absolutamente limpia.

-          Fuego lento.

 Modus faciendi.

 Se cortan dos rodajas de pan procurando que la corteza quede entera y adherida. Cada rodaja del grosor del dedo meñique, no más. Se calienta el aceite hasta humear y se echa a la sartén vuelta y vuelta sobre  un minuto o un padrenuestro. El secreto está en que la corteza esté casi quemada y el picatoste quede dorado en progresión decreciente hasta el centro. El centro debe quedar como la piel de una moza veinteañera que lleve tostándose en la playa unos tres días. Escúrrase el picatoste al sacarlo de la sartén con cierto mimo procurando que las ultimas gotitas queden en el plato. La miel, que debe ser de calidad extrema, se aplica muy despacio, y luego se restriega apenas nada para que la encontremos al comer dispersa, diseminada, como la sorpresa de los primeros quejidos.

Cómase en la cocina acompañados de café del bueno  - a mí me gusta de Colombia- con leche entera del día. No usar tetra brik.

¡Ojo!: no difundir en extremo esta receta.

miércoles, 11 de julio de 2012

ACELGAS ILUSTRADAS




ACELGAS ILUSTRADAS


Aquella mañana de julio mi soledad era total. Una soledad fría y abrazada al alma. Y esas soledades, para quién las haya sufrido, o disfrutado – que de todo hay en la viña del Señor - , hacen que  más  que tuyas te transportes a ellas, a sus aristas y a su frío. Deambulas por ellas, te sumerges en ellas, te detienes  en ellas y te vas difuminando poco a poco en el angosto camino que te ofrecen y te obligan a tomar. Granada, en aquella mañana de julio estaba acompasada, bulliciosa, viva, casi erótica en sus calles, en sus plazas, en el agua de las fuentes, en las sombras de los cipreses y las puertas automáticas de cristal de los comercios que se abrían a tu paso incitando a que entraras. Granada, mi ciudad, mi paisaje y el escenario todo de mi vida estaba allí, a mi lado, casi dentro de mí, pugnando por mitigar o acrecentar mi soledad.

¿Y a qué viene esto en un escrito sobre un plato de acelgas?; pues viene, y tiene su causa, en que entré en el Corte Ingles y compré sin pensar, si saber por qué, sin razón alguna una bolsa de acelgas. Podía haber comprado escarola, o lechuga, o canónigos o espinacas: pero no, compré unas acelgas y un botecito de aceite o vinagre,  no recuerdo con precisión lo que era, de Módena; y salí de nuevo a la Carrera de la Virgen con mi paquete y mi soledad. Y por la Carrera de la Virgen me tropecé con Eugenia

-          ¿A dónde vas, hermano?

-          Pues no lo sé, no voy a ninguna parte. Estoy aquí y ya está. Me duele el alma.

-          El alma no duele, hermano.

-          Si que duele, Euge. A mi me duele, no tengo donde ir y Granada está preciosa.

-          ¿Has comido?

-          No tengo hambre. He comprado unas acelgas y me sentaré en un banco.

-          ¡ Como vas a comer acelgas sentado en un banco!, ni que fueras una vaca.

-          Las vacas no se sientan en los bancos.

-          Anda, ven, me dijo y la seguí.

 Fuimos a casa de Euge y nos metimos en la cocina. No tengo más que unos huevos , aceita y pan Bimbo, comprobó. Dame las acelgas…; y le di las acelgas y el Módena. Haremos una sopa de acelgas y freímos un huevo.

-                          A mí no me gustan las acelgas…

-          Pero si las has comprado tú.

-          Y entonces me di cuenta de que en efecto aquello eran acelgas, y que yo las había comprado y …, bueno que no teníamos otra cosa .

       -          Yo no quiero un huevo pelao sin papas y sin chorizo y sin nada y … de guarnición, pues eso: las acelgas.

-          Haremos otra cosa, dijo Eugenia. Haremos acelgas ilustradas, que para eso tú eres un ilustrísima…


Y limpió las acelgas con mimo y les dio un hervor; luego las sacó del agua, les echó el huevo, unas gotitas del aceite- vinagre de Módena y unos picatostes de pan , especie de dado, fritos previamente. El mejunje lo puso en un bol primoroso de cerámica sevillana de Pikman y los colocó en una bandejita de plata, y abrió una botella de Marqués de Cáceres blanco. Sacó de un cajón unas servilletas de hilo bordadas y …¡ a comer!. Las acelgas ilustradas estaban riquísimas: calentitas, con el dorado del Módena y el sabor afrutado del Marqués de Cáceres.

-          Estas acelgas ilustradas están hechas para que tragues tu soledad.

Ingredientes de las acelgas ilustradas

-          Una bolsa de acelgas
-          Aceite de oliva virgen extra – preferentemente de cosecha propia -
-          Pan de Bimbo
-          Crema de vinagre de Módena
-          Una poquita sal
-          Marques de Cáceres blanco.
-          Una bandeja de plata.
-          Mantelito y servilletas de hilo
-          Dos copas de vidrio checo – del último viaje a Praga –
-          Dos bol o tazas de cerámica de la Isla de la Cartuja de Sevilla.
-          Una hermana caritativa.

Modus faciendi.

 Háganse con amor.