ACELGAS ILUSTRADAS
Aquella mañana de julio
mi soledad era total. Una soledad fría y abrazada al alma. Y esas soledades,
para quién las haya sufrido, o disfrutado – que de todo hay en la viña del
Señor - , hacen que más que tuyas te transportes a ellas, a sus
aristas y a su frío. Deambulas por ellas, te sumerges en ellas, te
detienes en ellas y te vas difuminando
poco a poco en el angosto camino que te ofrecen y te obligan a tomar. Granada,
en aquella mañana de julio estaba acompasada, bulliciosa, viva, casi erótica en
sus calles, en sus plazas, en el agua de las fuentes, en las sombras de los
cipreses y las puertas automáticas de cristal de los comercios que se abrían a
tu paso incitando a que entraras. Granada, mi ciudad, mi paisaje y el escenario
todo de mi vida estaba allí, a mi lado, casi dentro de mí, pugnando por mitigar
o acrecentar mi soledad.
¿Y a qué viene esto en un
escrito sobre un plato de acelgas?; pues viene, y tiene su causa, en que entré
en el Corte Ingles y compré sin pensar, si saber por qué, sin razón alguna una
bolsa de acelgas. Podía haber comprado escarola, o lechuga, o canónigos o
espinacas: pero no, compré unas acelgas y un botecito de aceite o vinagre, no recuerdo con precisión lo que era, de
Módena; y salí de nuevo a la Carrera de la Virgen con mi paquete y mi soledad.
Y por la Carrera de la Virgen me tropecé con Eugenia
-
¿A dónde vas,
hermano?
-
Pues no lo
sé, no voy a ninguna parte. Estoy aquí y ya está. Me duele el alma.
-
El alma no
duele, hermano.
-
Si que duele,
Euge. A mi me duele, no tengo donde ir y Granada está preciosa.
- ¿Has comido?
- No tengo hambre. He comprado unas acelgas y me sentaré en un banco.
-
¡ Como vas a
comer acelgas sentado en un banco!, ni que fueras una vaca.
-
Las vacas no
se sientan en los bancos.
-
Anda, ven, me
dijo y la seguí.
- A mí no me gustan las acelgas…
-
Pero si las
has comprado tú.
-
Y entonces me
di cuenta de que en efecto aquello eran acelgas, y que yo las había comprado y …,
bueno que no teníamos otra cosa .
- Yo no quiero un huevo pelao sin papas y sin chorizo y sin nada y … de guarnición, pues eso: las acelgas.
-
Haremos otra
cosa, dijo Eugenia. Haremos acelgas ilustradas, que para eso tú eres un ilustrísima…
Y limpió las acelgas con
mimo y les dio un hervor; luego las sacó del agua, les echó el huevo, unas
gotitas del aceite- vinagre de Módena y unos picatostes de pan , especie de
dado, fritos previamente. El mejunje lo puso en un bol primoroso de cerámica sevillana
de Pikman y los colocó en una bandejita de plata, y abrió una botella de
Marqués de Cáceres blanco. Sacó de un cajón unas servilletas de hilo bordadas y
…¡ a comer!. Las acelgas ilustradas estaban riquísimas: calentitas, con el
dorado del Módena y el sabor afrutado del Marqués de Cáceres.
-
Estas acelgas
ilustradas están hechas para que tragues tu soledad.
Ingredientes de las acelgas ilustradas
- Una bolsa de acelgas
- Aceite de oliva virgen extra – preferentemente de cosecha propia -
- Pan de Bimbo
- Crema de vinagre de Módena
- Una poquita sal
- Marques de Cáceres blanco.
- Una bandeja de plata.
- Mantelito y servilletas de hilo
- Dos copas de vidrio checo – del último viaje a Praga –
- Dos bol o tazas de cerámica de la Isla de la Cartuja de Sevilla.
- Una hermana caritativa.
Modus faciendi.
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