domingo, 15 de julio de 2012

Picatostes de miel y soledad.


Picatostes con miel y soledad.



Los hago cada día; bueno cada día no, más bien de vez en cuando porque engordan. Una pena que engorden los picatostes con miel, pues realmente son un quitapenas. Y fáciles de hacer; aunque tienen su truco, su intríngulis, su arcano y un modus faciendi rozando al arte. Casi me da algo contaros la receta porque esta es mía; ni de mi abuela ni de mi tía, ni de la vieja del pueblo ni de nadie más. La receta de los picatostes con miel es mía y de mi soledad. Quiere se decir, amigo lector, que si no estás solo, si te aguarda alguien en la cama haciéndose el remolón o la remolona para que le lleves el desayuno, y agradecerte el detalle de otra forma, pues no; va a ser que no. Los picatostes con miel no sirven para eso.

Y no sirven porque son algo pringosos, manchan, se queda la sabana dulzona, se te pega la miel al codo, o al pescuezo o a la oreja, y cuando entras en faena y te tropiezas con la miel o con el aroma a aceite de oliva virgen extra, o con alguna miajita de pan tostado y reluciente en la carótida o en el pezón de tu pareja, pues eso: que te desconciertas y pierdes el rumbo, y se jode el invento. Los picatostes con miel se comen preferentemente en la cocina, recién hechos, calentitos, presentados sobre un plato blanco impoluto que resalte la fritura cuidadosa del centro y el tostado intenso de los bordes. Que apenas se vea el chorreoncito de miel de abeja mezclado ya con las gotitas de aceite que no escurrieron en la sartén. Los picatostes ya hechos los coges con la mano izquierda – con la derecha la taza del café – y les pasas la punta de la lengua por el borde arisco de la corteza del pan ( no usar jamás pan de molde sin corteza ) intentado, ahora sí, encontrar la gotita duce, el sentimiento amigo, al mano tibia de la  miel. Luego te adentras un poco, abres los labios lentamente, muerdes con delicadeza un trozo medianejo, cierras los ojos y le añades al cuasi orgasmo incipiente que te produce el condumio, un sorbito de café. ¡Ah!, el café con leche: la simbiosis perfecta, la adulación encarnada, la pleitesía hecha líquido, fluido, vida toda derramada sobre el trozo de picatoste que aún tienes en la boca.

Y no pasa nada si te manchas, si te ensucias, si te quedas con el aceite o la miel o el pan en la barba…; no pasa nada, os lo juro. Nadie te riñe, ni se enoja, ni se levanta soliviantado o soliviantada, camino de una toalla mojadita por la esquina para limpiar y frotar la almohada. Claro, como estás solo, como no te gruñas a tí mismo...

Ingredientes:


-          Pan que no esté demasiado tierno  - de un par de días está bien -; preferentemente de hogaza, y que no sea de esos esponjosos y con agujeros y que no pesan. No, no; pan pan del verdad, del de antes.

-          Aceite de oliva virgen extra; preferentemente variedad picual que tenga cuerpo, amargue un poquito y pique también algo. El aceite debe ser nuevo. No vale freír unos boquerones y luego intentar hacer mis picatostes. A quien haga eso lo despacho para siempre de mis secretos de cocina.

      -    Miel, preferentemente de la Alpujarra de Granada. La miel de la Alpujarra conserva     la          nostalgia de Boabdil en su destierro, y se nota en las soledades


-          Una sartén absolutamente limpia.

-          Fuego lento.

 Modus faciendi.

 Se cortan dos rodajas de pan procurando que la corteza quede entera y adherida. Cada rodaja del grosor del dedo meñique, no más. Se calienta el aceite hasta humear y se echa a la sartén vuelta y vuelta sobre  un minuto o un padrenuestro. El secreto está en que la corteza esté casi quemada y el picatoste quede dorado en progresión decreciente hasta el centro. El centro debe quedar como la piel de una moza veinteañera que lleve tostándose en la playa unos tres días. Escúrrase el picatoste al sacarlo de la sartén con cierto mimo procurando que las ultimas gotitas queden en el plato. La miel, que debe ser de calidad extrema, se aplica muy despacio, y luego se restriega apenas nada para que la encontremos al comer dispersa, diseminada, como la sorpresa de los primeros quejidos.

Cómase en la cocina acompañados de café del bueno  - a mí me gusta de Colombia- con leche entera del día. No usar tetra brik.

¡Ojo!: no difundir en extremo esta receta.

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