Picatostes con miel y
soledad.
Los hago cada día; bueno
cada día no, más bien de vez en cuando porque engordan. Una pena que engorden
los picatostes con miel, pues realmente son un quitapenas. Y fáciles de hacer;
aunque tienen su truco, su intríngulis, su arcano y un modus faciendi rozando
al arte. Casi me da algo contaros la receta porque esta es mía; ni de mi abuela
ni de mi tía, ni de la vieja del pueblo ni de nadie más. La receta de los
picatostes con miel es mía y de mi soledad. Quiere se decir, amigo lector, que
si no estás solo, si te aguarda alguien en la cama haciéndose el remolón o la
remolona para que le lleves el desayuno, y agradecerte el detalle de otra
forma, pues no; va a ser que no. Los picatostes con miel no sirven para eso.
Y no sirven porque son
algo pringosos, manchan, se queda la sabana dulzona, se te pega la miel al
codo, o al pescuezo o a la oreja, y cuando entras en faena y te tropiezas con
la miel o con el aroma a aceite de oliva virgen extra, o con alguna miajita de
pan tostado y reluciente en la carótida o en el pezón de tu pareja, pues eso:
que te desconciertas y pierdes el rumbo, y se jode el invento. Los picatostes
con miel se comen preferentemente en la cocina, recién hechos, calentitos,
presentados sobre un plato blanco impoluto que resalte la fritura cuidadosa del
centro y el tostado intenso de los bordes. Que apenas se vea el chorreoncito de
miel de abeja mezclado ya con las gotitas de aceite que no escurrieron en la sartén.
Los picatostes ya hechos los coges con la mano izquierda – con la derecha la
taza del café – y les pasas la punta de la lengua por el borde arisco de la
corteza del pan ( no usar jamás pan de molde sin corteza ) intentado, ahora sí,
encontrar la gotita duce, el sentimiento amigo, al mano tibia de la miel. Luego te adentras un poco, abres los
labios lentamente, muerdes con delicadeza un trozo medianejo, cierras los ojos
y le añades al cuasi orgasmo incipiente que te produce el condumio, un sorbito
de café. ¡Ah!, el café con leche: la simbiosis perfecta, la adulación
encarnada, la pleitesía hecha líquido, fluido, vida toda derramada sobre el
trozo de picatoste que aún tienes en la boca.
Y no pasa nada si te
manchas, si te ensucias, si te quedas con el aceite o la miel o el pan en la
barba…; no pasa nada, os lo juro. Nadie te riñe, ni se enoja, ni se levanta
soliviantado o soliviantada, camino de una toalla mojadita por la esquina para
limpiar y frotar la almohada. Claro, como estás solo, como no te gruñas a tí mismo...
Ingredientes:
-
Pan que no
esté demasiado tierno - de un par de días
está bien -; preferentemente de hogaza, y que no sea de esos esponjosos y con
agujeros y que no pesan. No, no; pan pan del verdad, del de antes.
-
Aceite de
oliva virgen extra; preferentemente variedad picual que tenga cuerpo, amargue
un poquito y pique también algo. El aceite debe ser nuevo. No vale freír unos
boquerones y luego intentar hacer mis picatostes. A quien haga eso lo despacho
para siempre de mis secretos de cocina.
- Miel, preferentemente de la Alpujarra de Granada. La miel de la Alpujarra conserva la nostalgia de Boabdil en su destierro, y se nota en las soledades
-
Una sartén
absolutamente limpia.
-
Fuego lento.
Cómase en la cocina
acompañados de café del bueno - a mí me
gusta de Colombia- con leche entera del día. No usar tetra brik.
¡Ojo!: no difundir en
extremo esta receta.
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