Me llegan comentarios a la receta del Marques a la fuerza, que publiqué el otro día, señalando que el postre no se llama así, sino Marques de repente.
Investigado el caso con ancestros que aún colean por ahí, me dicen que en efecto, la apreciación es buena pero cabe admitir ambas. Analizando sicológicamente el condumio, no estoy de acuerdo con la equiparación pura y dura de ambos postres.
Cuando cocinas marqués de repente, lo que el nombre indica es que estás haciendo un dulce normal de bizcocho y huevo o crema pastelera y que, eso sí de repente, se eleva su dignidad al marquesado al añadirle el coñac.
El Marqués a la fuerza es otra cosa: el marqués a la fuerza indica un sentimiento de humildad, una renuncia previa a la introducción de elementos aristócratas en el condumio, una vocación popular que no consigue, finalmente, el postre y no se lleva, por lo tanto, a efecto. Cuando tú cocinas, apreciado lector, un marques a la fuerza, desde el principio te diriges a la exquisitez, hacia el glamur, hacia lo único y eventualmente probado por el citado aristócrata. Me imagino al abuelete solitario amarquesado metiendo el dedo en el merengue cuando la sirvienta no lo mira y... eligiendo el condumio endedado con preferencia al pellizco imaginado en el culo de la moza - que dar pellizcos en el culo del servicio es muy propio del oficio de marqués - Y claro, el repullo es importante cuando la sirvienta se vuelve y caza al abuelete chupándose el dedo. Y él, el abuelete presuntamente pillado in fraganti pues eso: que daría lo que fuera por ser del pueblo, zamparse el merengue con los dedos y limpiarse el bigote en los morros de la moza... Pero claro, como no puede con lo de la herencia nobiliaria, piensa para sí que es Marques a la fuerza... y de ahí el nombre del tan citado postre.
En definitiva: no es lo mismo Marques de repente que Marques a la fuerza. ¡Ea!, he dicho, que para eso yo soy un Fonseca y sé de qué va el asunto.
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