MARQUÉS A LA FUERZA.
El marqués a la fuerza se
comía en casa desde que abrí los ojos, pero los niños no. Los niños no comían
marques a la fuerza sin que me dieran, por entonces, una explicación siquiera. Supongo
que sería por el coñac; por el chorreón de Osborne que le echaban al marqués. Ahora,
ya, de viejo, tampoco me dejan probar el condumio de dulce por lo de la diabetes,
y hasta hace unos años porque engordaba.
El resultado es que el
marqués a la fuerza tiene para mí el arcano de lo prohibido, el regusto de lo
inalcanzable, el sabor incomparable de lo pecaminoso. Imaginé en su momento el
sabor del marqués a la fuerza como el de las tetas de una novicia del convento
de San Vicente colindante con casa. Sor Julia llevaba a las novicias a recoger
las nueces del nogal de la linde, y entraban a mi patio y una de ellas era una
preciosidad. De la cocina llegaba el martilleo de la cuchara batiendo la clara
del huevo para el merengue, y merengue se me hacía a mí la gárgola de la
monjilla en ciernes, y sus téticas el bizcocho, y sus pezones el caramelo de azúcar
tostada.
El caso es que aquí, en
la Almedina, en la enorme soledad de este palacete entre olivos que habito, me
he hecho marqués a la fuerza y ha salido riquísimo.
Ingredientes
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Dos huevos.
-
Azúcar
-
Magdalenas
duras o bizcocho.
-
Coñac. En
este caso he utilizado Carlos III.
-
Fuego lento.
-
Un trocito de
corteza de limón.
Modus faciendi
Se cogen las magdalenas
duras ( normalmente en las casas de los separados hay magdalenas duras) o
bizcochitos de esos que van pegados a un papel; se laminan y se colocan en una
bandeja ad hoc. Se le añade hasta
empañar una mezcla de almíbar y coñac a partes iguales.
Se rompe la cascara del
huevo y se separa la clara de la yema. Esta operación es delicada: si te pasas
de energía, metes los dedos en la yema y rompes el invento. Si no llegas,
empieza a salirse la clara y lo empringas todo. Para un Fonseca como yo, que no
ha guisado nunca, el problema es que se acabe la media docena de huevos del Mercadona,
pues al menos cuatro te los cargas irremisiblemente y mezclas cascara con yema
y con clara y con las maldiciones que se escapan al fallar una y otra vez con
la jodienda de partir el huevo. El secreto es hacer un movimiento sutil, un
giro de muñeca mágico para abrir por el centro y comprobar cómo cae la clara en
el plato y la yema se queda arriba, en el huevo cascado, limpia, entera, magnifica.
Conseguido esto, que no
es fácil, bates las claras con azúcar que se añade con cautela hasta conseguir
merengue más o menos homogéneo. Si no queda bien, tampoco pasa nada. El
merengue será como las barbas del marqués rodeando en condumio en la bandeja; y
un marqués – si el coñac es decente, y los huevos frescos – será marqués con la barba más o menos recortada.
Las dos yemas de huevo se
baten también y se ponen en un perol pequeño al baño maría añadiendo azúcar hasta
consistencia adecuada; es decir una especie de pasta pastelera pero más
amarilla y casi rojiza que se vierte suavemente sobre las magdalenas duras.
Preferentemente con una cuchara de palo, distribuyes esta especie de huevo mol
por las magdalenas hasta cubrir. Luego adornas el postre con el merengue según
arte y la cantidad y consistencia de preparado merengue.
Finalmente dejas enfriar
en la nevera y colocas el vistoso postre en el centro de la mesa.
Recomendaciones finales
Coloca la cortecita del
limón en dos o tres trozos en la orilla donde el huevo mol busca los senderos
de las magdalenas caladas de coñac, y sobre todo a la hora de comer… cierra los
ojos y piensa en la novicia del nogal de Sor Julia, en sus ojos pudorosos
recogiendo las nueces del patio de casa, y en las téticas imaginadas debajo de un hábito cerrado hasta la yugular.
Cuando llegues a la magdalena, o al bizcocho, se te antojará que arribas al
cielo.
Yo aquí, ahora con mi
diabetes y mi soledad, he mirado a mi alrededor esperando que alguien me
pillara comiendo azúcar y me dijera …: eso, y luego te pinchas la insulina…
Pero no ha venido nadie: ni la novicia, ni el guardián de la dieta
hipoglúcémica. Ha sido pues, como siempre, un postre de añoranza y soledad.
Que aproveche.
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