domingo, 5 de agosto de 2012

Marqués a la fuerza.


MARQUÉS A LA FUERZA.
 

El marqués a la fuerza se comía en casa desde que abrí los ojos, pero los niños no. Los niños no comían marques a la fuerza sin que me dieran, por entonces, una explicación siquiera. Supongo que sería por el coñac; por el chorreón de Osborne que le echaban al marqués. Ahora, ya, de viejo, tampoco me dejan probar el condumio de dulce por lo de la diabetes, y hasta hace unos años porque engordaba.

El resultado es que el marqués a la fuerza tiene para mí el arcano de lo prohibido, el regusto de lo inalcanzable, el sabor incomparable de lo pecaminoso. Imaginé en su momento el sabor del marqués a la fuerza como el de las tetas de una novicia del convento de San Vicente colindante con casa. Sor Julia llevaba a las novicias a recoger las nueces del nogal de la linde, y entraban a mi patio y una de ellas era una preciosidad. De la cocina llegaba el martilleo de la cuchara batiendo la clara del huevo para el merengue, y merengue se me hacía a mí la gárgola de la monjilla en ciernes, y sus téticas el bizcocho, y sus pezones el caramelo de azúcar tostada.

El caso es que aquí, en la Almedina, en la enorme soledad de este palacete entre olivos que habito, me he hecho marqués a la fuerza y ha salido riquísimo.

Ingredientes

-          Dos huevos.

-          Azúcar

-          Magdalenas duras o bizcocho.

-          Coñac. En este caso he utilizado Carlos III.

-          Fuego lento.

-          Un trocito de corteza de limón.



Modus faciendi

Se cogen las magdalenas duras ( normalmente en las casas de los separados hay magdalenas duras) o bizcochitos de esos que van pegados a un papel; se laminan y se colocan en una bandeja ad hoc.  Se le añade hasta empañar una mezcla de almíbar y coñac a partes iguales.

Se rompe la cascara del huevo y se separa la clara de la yema. Esta operación es delicada: si te pasas de energía, metes los dedos en la yema y rompes el invento. Si no llegas, empieza a salirse la clara y lo empringas todo. Para un Fonseca como yo, que no ha guisado nunca, el problema es que se acabe la media docena de huevos del Mercadona, pues al menos cuatro te los cargas irremisiblemente y mezclas cascara con yema y con clara y con las maldiciones que se escapan al fallar una y otra vez con la jodienda de partir el huevo. El secreto es hacer un movimiento sutil, un giro de muñeca mágico para abrir por el centro y comprobar cómo cae la clara en el plato y la yema se queda arriba, en el huevo cascado, limpia, entera, magnifica.

Conseguido esto, que no es fácil, bates las claras con azúcar que se añade con cautela hasta conseguir merengue más o menos homogéneo. Si no queda bien, tampoco pasa nada. El merengue será como las barbas del marqués rodeando en condumio en la bandeja; y un marqués – si el coñac es decente, y los huevos frescos – será marqués    con la barba más o menos recortada.

Las dos yemas de huevo se baten también y se ponen en un perol pequeño al baño maría añadiendo azúcar hasta consistencia adecuada; es decir una especie de pasta pastelera pero más amarilla y casi rojiza que se vierte suavemente sobre las magdalenas duras. Preferentemente con una cuchara de palo, distribuyes esta especie de huevo mol por las magdalenas hasta cubrir. Luego adornas el postre con el merengue según arte y la cantidad y consistencia de preparado merengue.

Finalmente dejas enfriar en la nevera y colocas el vistoso postre en el centro de la mesa.

Recomendaciones finales

Coloca la cortecita del limón en dos o tres trozos en la orilla donde el huevo mol busca los senderos de las magdalenas caladas de coñac, y sobre todo a la hora de comer… cierra los ojos y piensa en la novicia del nogal de Sor Julia, en sus ojos pudorosos recogiendo las nueces del patio de casa,  y en las téticas imaginadas  debajo de un hábito cerrado hasta la yugular. Cuando llegues a la magdalena, o al bizcocho, se te antojará que arribas al cielo.

Yo aquí, ahora con mi diabetes y mi soledad, he mirado a mi alrededor esperando que alguien me pillara comiendo azúcar y me dijera …: eso, y luego te pinchas la insulina… Pero no ha venido nadie: ni la novicia, ni el guardián de la dieta hipoglúcémica. Ha sido pues, como siempre, un postre de añoranza y soledad.

Que aproveche.

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